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La pizarra es una roca homogénea de color negro azulado que se divide fácilmente en hojas planas y delgadas. Pero es algo  más. En una zona, como ésta, eminentemente pizarrosa, este material forma el esqueleto de nuestros montes, de escarpadas crestas y desciende hasta el lecho de los ríos. Es, pues, un elemento omnipresente en nuestro paisaje. Por ello, no es de extrañar que haya sido utilizada, desde siempre, como material básico de construcción en las humildes pallozas y nuestros más antiguos y entrañables monumentos. Con el tiempo, la pizarra substituyó a la paja en las cubiertas, haciéndolas más seguras y resistentes. Y es precisamente el gris azulado en los tejados lo que confiere un carácter único a nuestros pueblos, integrándolos de un modo inigualable en el paisaje.

Con el paso de los años, hemos superado las toscas y desiguales lajas de antaño, labradas a mano, con la actual producción industrial mecanizada, que permite elaborar placas finas y perfectamente uniformes. Hoy día, la pizarra es un material de construcción imprescindible en cualquier lugar y una importante fuente de riqueza gracias a su comercialización dentro y fuera de nuestras fronteras.

 

En la cantera se inicia un proceso que llevará a la pizarra desde las entrañas de la tierra hasta convertirla en uno de los materiales básicos de la construcción. El trabajo comienza con el movimiento de tierras mediante maquinaria pesada y, si el terreno presenta formaciones rocosas, con voladuras a base de goma-2. De este modo, se mueven diariamente en nuestras canteras más de 3.000 toneladas en busca de la veta de pizarra, que puede hallarse a pocos centímetros bajo el suelo o a muchos metros de profundidad. Una vez al descubierto, se procede a "soltar" la pizarra, empleando para ello la pólvora, pues cualquier otro explosivo la desmenuzaría, dejándola inservible, aunque en la actualidad lo mas utilizado para la extraccion de la pizarra es el uso de maquinas de corte con hilo diamantado.

Mediante el soltado, la veta se abre por fallas, lisos y cortes, obteniendo así el "rachón", bloques de pizarras que pueden oscilar entre los 50 Kgs. de los más pequeños y las 10 toneladas que pueden alcanzar los mayores. Sólo falta entonces cargar el "rachón" en camiones para su transporte hasta las naves de elaboración.

El trabajo en las naves se inicia con el lajado primario del "rachón". Mediante palas dotadas de martillos, se dividen los bloques de pizarra en lajas de 20-40 cms. de espesor aproximadamente para proceder a continuación, a cortarlas con sieras de disco provistas de dientes de diamante. Se obtienen así bloques que varían según el tipo de placa a que vayan destinados.

El paso siguiente será la exfoliación. Una tarea realizada a mano y con la ayuda, únicamente, de pinas y martillo. De este modo, los bloques procedentes del serrado se van laminando paulatinamente hasta obtener placas de entre 3 y 4 milímetros de grosor.

Tras la exfoliación, las placas van tomado forma y se parecen mucho ya al producto definitivo. Pero resta aún uno de los procesos más importantes y delicados de la elaboración de la pizarra: el corte. Es la etapa final de una labor mediante la cual aquellos enormes bloques de hasta 10 toneladas se transforman en placas de carios centímetros de largo y apenas unos milímetros de grosor.

El corte de la pizarra se realiza, actualmente, de dos formas diferentes. Tenemos, por un lado, el corte automático, realizado mediante cortadoras mecánicas, lo que agiliza notablemente el proceso y permite una gran producción. Por otra parte, el corte manual, más lento pero con la ventaja de un mayor aprovechamiento de las piezas con algún ligero defecto y de su mayor versatilidad en la variedad de tamaños de la placa elaborada. Cualquiera que sea el procedimiento utilizado, se ha de vigilar en todo momento que las placas estén perfectamente escuadradas, aspecto éste esencial para la obtención de un producto final de la máxima calidad.

Tras las labores de corte - manual o automático-, nos hallamos ya ante el producto acabado: las placas elaboradas. Estas pueden tener una gran variedad de tamaños y se clasifican, según su calidad, en las siguientes categorías: especial, primera, segunda y rústica. Tan sólo falta ya proceder al embalaje en palés de madera, cada uno de los cuales contiene entre 40 y 50 metros cuadrados de placa. Los palés clasificados según los diferentes tamaños y calidades, son almacenados en espera de ser transportados a sus lugares de destino.

Culmina así un proceso inicializado en las canteras y que ha sido realizado paso a paso con el cuidado y la dedicación de un grupo de empresas que tiene como norma de conducta el trabajo bien hecho y la calidad como objetivo.

 

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